La mansión de los Benavides estaba silenciosa cuando Natalia entró, mientras el eco de sus tacones resonaban en el mármol del vestíbulo. La cálida luz de las lámparas acentuaba el aire acogedor de la casa, pero ella se sentía atrapada en su propio torbellino emocional.
Antes de que pudiera llegar al salón, su madre apareció desde la cocina con una taza de té en la mano.
—Natalia, ¿qué haces aquí? —preguntó con el ceño fruncido, dejando la taza sobre la mesa. Su padre no tardó en unirse a e