El salón principal de la casa de los Benavides estaba sumido en una calma tensa, rota solo por el tic-tac insistente del reloj de pared.
Nelly y Emilio, sentados en el amplio sofá de cuero marrón, intercambiaban miradas incómodas. Frente a ellos, Graciela y Roberto mantenían una expresión fría y contenida, aunque las líneas de tensión en sus rostros eran inconfundibles.
—¿Quieren algo de tomar? —preguntó Graciela, su tono amable apenas disimulando la incomodidad que le provocaba la visita in