Simón estacionó su auto frente a la casa de los Benavides y entró con pasos rápidos, buscando a Natalia.
Al llegar a la sala, lo primero que notó fue a Roberto desplomado en el sofá, respirando con dificultad, mientras Nelly gritaba órdenes por teléfono.
El ambiente era tenso, cargado de reproches, y la presencia de Graciela con el rostro desencajado no ayudaba.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —preguntó Simón, avanzando hacia el centro de la sala.
—¡Tus padres! —exclamó Graciela, con los