En casa de los Benavides, Graciela se dejaba caer en el sofá, con las manos cubriendo su rostro mientras el llanto sacudía su cuerpo. Roberto, de pie junto a la ventana, observaba la calle con expresión sombría.
—Esto no cambiará nada, Graciela —dijo con dureza—. Llorar no hará que Isabella reflexione ni pague por lo que ha hecho.
Graciela levantó la mirada, con los ojos enrojecidos.
—Es nuestra hija, Roberto —sollozó—. ¿Cómo llegamos a esto? La dejamos manipularnos… dejamos que dañara a