Christian siguió intentando comunicarse con Evelyn.
Una vez.
Dos veces.
Diez veces.
Veinte veces.
Pero ninguna de sus llamadas fue respondida.
Su atractivo rostro fue enrojeciendo poco a poco, mientras la mandíbula se le tensaba por la ira que comenzaba a arder en su pecho.
¿Cómo era posible que Evelyn se atreviera a ignorar sus llamadas?
Durante los últimos dos años, aquella mujer siempre había respondido en cuestión de segundos. Incluso cuando estaba dormida, devolvía la llamada en cuanto veí