Estás muerto para mí, exesposo.
Estás muerto para mí, exesposo.
Por: Chyna Blu
CAPÍTULO 1

~Emily

Para cuando el vino dejó de estar frío, mi paciencia también se había agotado. Deslicé una mano sobre mi vientre redondeado, alisando la seda por lo que parecía la centésima vez, intentando distraerme del nudo que se apretaba en mi pecho.

La puerta emitió un leve chirrido y me giré de inmediato, sintiendo cómo el corazón se me elevaba antes de poder evitarlo.

Un suspiro de decepción, mezclado con un toque de frustración, escapó de mis labios. Otra vez no era Henry. No era mi esposo.

En cambio, esta vez era una pareja de ancianos, tomados de la mano y mirándose con ese aire enamorado mientras reían por algo que, sinceramente, no me interesaba conocer.

Dejé mi copa sobre la mesa con más fuerza de la que pretendía, haciendo que unas gotas de vino se derramaran sobre el impecable mantel blanco. Apenas reparé en el desastre; mi mente ya estaba dando vueltas.

¿Se había olvidado de nuestro aniversario?

«Tal vez surgió algo en el hospital», susurró una pequeña voz al fondo de mi mente.

Solté una risa irónica. La excusa me parecía completamente absurda.

¿Qué podía ser tan importante como para perderse nuestro segundo aniversario de bodas?

¿Una emergencia?

Henry tenía suficientes médicos competentes para hacerse cargo. Lo sabía porque yo también trabajaba allí. Aunque había tenido que tomarme un descanso para concentrarme en nuestro hijo, el hijo que pensé que fortalecería nuestro matrimonio, cuando en realidad había ocurrido todo lo contrario.

Si era sincera conmigo misma, no podía ignorar que últimamente Henry no mostraba ninguna señal de conexión ni conmigo ni con nuestro bebé. Por eso insistí en celebrar nuestro aniversario: quería que volviéramos a acercarnos. Le propuse la idea esa misma mañana, mientras se preparaba para ir al trabajo y, para mi sorpresa, había aceptado.

Mis pensamientos se interrumpieron cuando la puerta volvió a abrirse. Estiré el cuello, esperando que esta vez fuera Henry.

Entró otra pareja, ambos con sonrisas radiantes.

Aparté la mirada enseguida, sintiendo un dolor sordo en el pecho. No sabía si era por el retraso de Henry o porque todas las parejas a mi alrededor parecían estar disfrutando de la noche, justo como yo había imaginado que sería la nuestra.

Permanecí sentada allí como un maniquí embarazado, esforzándome por no derrumbarme. Todavía no. Estaba convencida de que Henry tenía una buena razón para llegar tarde.

El mesero que me había atendido antes se acercó con una sonrisa amable y un leve gesto de preocupación en los ojos.

—Buenas noches, señora —dijo con una voz suave y profesional.

Asentí en silencio, temiendo que mi voz temblara si hablaba.

—Ha sido un placer tenerla con nosotros —añadió mientras consultaba su tableta—. Me temo que el tiempo de su reservación para esta mesa ha expirado.

—Entiendo —murmuré.

Tres horas habían pasado sin rastro de mi esposo.

Casi había olvidado que ese restaurante funcionaba de esa manera. Más temprano había considerado otros lugares porque, siendo sincera, además del elevado costo por reservar una mesa por hora, tampoco me fascinaba la comida que servían.

Aun así, no tuve otra opción que elegir este lugar porque era el restaurante favorito de Henry. Siempre decía que la decoración vintage iba perfectamente con su estilo.

—Sabe, señora… —continuó el mesero, sacándome de mis pensamientos—. Puede renovar la reservación de la mesa.

Dirigió una mirada significativa al asiento vacío frente a mí antes de añadir con cortesía:

—Ya que todavía no ha terminado.

—Me encantaría.

Forcé una sonrisa, negándome a parecer digna de lástima.

Tomé mi teléfono para hacer el pago, pero en ese momento apareció un mensaje de Henry en la pantalla.

Henry: Surgió algo. No podré ir esta noche.

Mi sonrisa desapareció al instante, aunque me apresuré a recuperarla cuando volví a mirar al mesero.

—Un momento, por favor —le pedí.

Él asintió con una sonrisa comprensiva antes de alejarse.

Respiré hondo para contener la frustración que me oprimía el pecho, abrí el contacto de Henry y presioné el botón de llamada.

—El número al que intenta comunicarse no está disponible en este momento. Por favor, deje un mensaje después del tono o inténtelo más tarde.

—¿Hablas en serio, Henry? —bufé.

Volví a marcar más de dos veces. Todas las llamadas terminaban desviándose al buzón de voz.

Entonces sonó el tono.

Me mordí con fuerza el labio inferior, completamente frustrada. Miré alrededor. Al comprobar que nadie parecía prestarme atención, sentí un ligero alivio. Aun así, no pude evitar sentirme avergonzada cuando el mesero regresó con una sonrisa demasiado amplia, como si intentara ocultar que comprendía perfectamente mi situación.

—No será necesario renovar la reservación —dije rápidamente antes de que pudiera hablar.

Me puse de pie, recogiendo mi teléfono y mi bolso de mano mientras notaba un leve temblor en las manos.

—Será mejor que me retire.

Pasé junto a él sin esperar respuesta y me dirigí hacia la salida, ignorando el dolor que rodeaba mi cintura. Permanecer sentada durante tantas horas había provocado esa molestia. Habría valido la pena si Henry hubiera aparecido. Tal vez habría sido mejor guardar para mí la idea de salir esta noche, quedarme en la cama y ahorrarme toda aquella humillación.

Antes de arrancar el auto, le envié un mensaje a Henry. Esperé una respuesta cuando vi que lo había leído.

Pasaron varios minutos.

No respondió.

Con eso, mi última esperanza se hizo añicos mientras conducía de regreso a casa en silencio, con la mente hecha un torbellino, intentando entender por qué había cancelado.

Al entrar al garaje, recogí el teléfono del asiento donde lo había lanzado antes.

Henry seguía sin responder mis mensajes.

Suspiré con frustración, tomé mi bolso y bajé del auto. Apenas crucé el gran vestíbulo de la casa, me quité los tacones y solté un leve siseo de dolor mientras avanzaba cojeando ligeramente hacia la sala.

Debería haber sabido que era una mala idea ponerme tacones, considerando lo mucho que se me habían hinchado los pies esa misma mañana a causa del embarazo. Pero, claro, quería verme bien para mi esposo. Quería sentirme como si tuviera dieciocho años otra vez.

Escuché el televisor apenas entré a la sala y, enseguida, la voz apresurada de Martha.

—¡Señora! —bajó las escaleras de prisa al verme cojear—. ¿Se encuentra bien? ¿Qué pasó?

—No es nada grave, Martha. —Hice un gesto para restarle importancia—. Estaré bien.

—No lo creo —respondió, con los ojos llenos de preocupación mientras miraba mis pies hinchados—. Tiene los pies muy inflamados. Tenemos que hacer algo.

Ahí estaba otra vez, preocupándose por mí sin importarle que ya había terminado su jornada laboral y que debería estar camino a casa. Martha era mucho más que una empleada doméstica para mí. Siempre me ponía por delante, como lo haría cualquier madre con su hija.

Dejé que me ayudara a llegar al sofá, aunque todavía podía caminar por mi cuenta.

—Voy a traerle un analgésico y aceite para darle un masaje.

Le sonreí, agradecida por su ayuda, mientras la veía subir las escaleras. Pero mi sonrisa se desvaneció lentamente cuando mi mirada se posó en el televisor.

En la pantalla aparecía Henry, sonriendo con esa elegancia tan característica mientras ayudaba caballerosamente a una mujer rubia a subir a un lujoso automóvil.

Durante un minuto entero no reconocí quién era, hasta que leí el titular.

«Henry Russell está feliz de ver a Caroline Kingston de nuevo en pie después de tres años en coma.»

No podía creer lo que estaba viendo. Incluso me pellizqué para asegurarme de que no estaba imaginándolo.

Era real.

Seis años atrás, Caroline y Henry habían sido novios en la universidad. Pero, unos meses después de graduarnos, Caroline sufrió un terrible accidente automovilístico provocado por su primo y fue trasladada al extranjero para recibir tratamiento.

Durante su ausencia, Henry se convirtió en la sombra de lo que era. Yo permanecí a su lado, ayudándolo a superar aquel dolor… hasta que entre nosotros nació algo especial. O al menos eso era lo que yo creía.

El sonido de unos pasos interrumpió mis pensamientos. Aparté la vista del televisor justo a tiempo para ver a Henry entrar en la sala.

—Henry… —murmuré, sin saber cómo formular la pregunta que me estaba carcomiendo por dentro.

Me puse de pie.

Su mirada recorrió mi cuerpo y frunció el ceño.

—¿Por qué sigues despierta?

—Te estaba esperando —respondí con calma antes de añadir—. No apareciste y yo…

—Estaba ocupado. —Me interrumpió como si tan solo mencionar nuestra salida le resultara molesto—. Eso quedó claro en el mensaje que te envié.

—¿Claro? —No pude evitar soltar una risa incrédula. Aun así, hice un esfuerzo por mantener la calma—. Henry, ese es el mensaje más ambiguo que he leído en mi vida.

—Mira, Emily. —Suspiró—. No tengo energías para discutir hoy. Ha sido un día muy largo y…

—Claro, un día muy largo con Caroline —solté antes de poder contenerme.

Ni siquiera parecía sentir el más mínimo remordimiento por haberme dejado plantada en nuestro aniversario. Y ahora pretendía escudarse en el cansancio después de haber pasado nuestro día especial con otra mujer.

Frunció aún más el ceño. Por un instante vi en sus ojos la intención de negarlo. Pero cuando su mirada se desvió hacia el televisor, donde seguían apareciendo él y Caroline, simplemente se encogió de hombros.

—Caroline me necesitaba —dijo con absoluta naturalidad, como si hubiera ensayado esa frase—. Y era justo que sacrificara esta noche por ella, porque hoy se cumplen tres años desde que sobrevivió a ese accidente.

Sentí que algo se rompía silenciosamente dentro de mi pecho.

Así que sí podía recordar las fechas.

Recordaba el aniversario del accidente de Caroline.

Y esa misma mañana había sido yo quien prácticamente tuvo que obligarlo a revisar el calendario para que recordara qué significaba ese día para nosotros.

—¿Incluso siendo nuestro aniversario? —pregunté con cuidado, sin saber muy bien por qué.

—¡No seas ridícula, Emily! —Su mandíbula se tensó—. Lo mínimo que podía hacer por Caroline era dedicarle tiempo para celebrar su regreso.

—¡Soy tu esposa, por el amor de Dios, Henry! ¡Yo debería ser tu prioridad! —exploté al fin, incapaz de contener más mi enojo—. ¿Tienes idea de cuánto tiempo te estuve esperando? ¿Cómo pudiste abandonar nuestro aniversario por otra persona?

—¡Caroline no es cualquier persona, es mi amiga! —me recriminó con una mirada fría—. Por una vez, Emily, sé razonable. Cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo.

—Pues yo no —respondí entre dientes—. Si tú estuvieras en mi lugar, jamás te abandonaría para ir a ponerme al día con un amigo.

Guardó silencio.

Me observó con una expresión imposible de descifrar y, por un momento, pensé que por fin había entendido cómo me sentía.

—Creo que eres egoísta, Emily —dijo al fin, haciendo añicos lo poco que quedaba de mi corazón.

Abrí la boca para responderle, pero me interrumpió de inmediato.

—Esta conversación termina aquí. Cuando entiendas lo que significa una verdadera amistad, podremos volver a hablar.

Se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras.

—¿Verdadera amistad… o es algo más? —pregunté sin pensar.

Mis palabras hicieron que se detuviera.

Miró por encima del hombro durante un instante, con la mandíbula apretada.

Después continuó subiendo las escaleras.

De alguna manera, aquel silencio me dolió mucho más que cualquier respuesta que hubiera podido dar.

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