CAPÍTULO 2

~Emily

—¿Está segura de que quiere asistir a la fiesta? —preguntó Martha por tercera vez en apenas unos veinte minutos.

Estaba sentada frente al tocador, vistiendo solo una ropa interior de tela transparente, mientras me aplicaba un maquillaje sencillo.

—Sí, Martha.

Ella dejó sobre la cama los vestidos que había elegido para la fiesta y permaneció en silencio durante unos segundos.

—Sabe… —comenzó con cautela, como si temiera mi reacción—, podría quedarse en casa a descansar y dejar que el señor Henry vaya solo a la fiesta.

Si tan solo supiera que había pensado exactamente eso durante toda la noche anterior. No quería que mi deseo de asistir pareciera un acto de inseguridad solo porque Caroline también estaría allí.

Un par de semanas atrás, ella había llamado a Henry para invitarlo a la fiesta que organizaría su abuelo y, siendo sincera, aquello me había tenido completamente paranoica.

—Ir a esa fiesta con mi esposo es la única forma en que puedo estar tranquila, no quedándome en casa —respondí, provocando que Martha soltara un profundo suspiro.

—Es que yo… —hizo una pausa antes de volver a suspirar—. Tengo un mal presentimiento.

Me aparté del espejo y la miré de frente.

—No tienes que preocuparte, Martha. No va a pasar nada malo. Además, Henry estará allí para protegerme.

—Si usted lo dice… —cedió finalmente—. Iré a la cocina.

—Está bien.

Le sonreí y volví la vista al espejo mientras ella salía de la habitación.

En cuanto Martha cerró la puerta, Henry salió del baño con una toalla alrededor de la cintura. El vapor aún envolvía sus hombros bien definidos mientras se secaba el cabello con otra toalla más pequeña.

Henry tenía el físico de un dios griego. Aunque ya había pasado los treinta, seguía siendo un hombre increíblemente atractivo.

Cómo extrañaba aquellos días en los que me tomaba de la mano y se negaba a soltarla solo para dejarles claro, de la forma más sutil posible, a las otras mujeres que no valía la pena intentar conquistarlo porque ya le pertenecía a alguien.

A mí.

—Apresúrate con eso —rompió el silencio mientras pasaba frente al tocador sin siquiera mirarme—. No quiero llegar tarde por tu culpa.

Me dolió ver que ni siquiera se había tomado la molestia de fijarse en mi maquillaje.

Atrás habían quedado los días en que me decía que el labial color rosa empolvado se veía precioso en mis labios.

Siempre lo llamaba “el rosa curita”, y los dos terminábamos riéndonos de eso.

Aun así, sonreí.

—De hecho, ya terminé.

Me puse de pie, caminé hasta la cama y tomé los vestidos. Permanecí de espaldas a él mientras seguía frente al espejo, aplicándose loción en el cabello.

—Solo estoy pensando cuál de estos vestidos será el mejor para la fiesta.

Después de unos segundos de silencio, pregunté:

—¿Podrías elegir tú?

—Ponte cualquiera —respondió con indiferencia.

Entonces se volvió hacia mí y habló con tono serio.

—Solo no armes un drama en la fiesta. No hagas que me arrepienta de haberte traído.

****

Las palabras de Henry seguían resonando en mi cabeza cuando llegamos a la residencia de los Kingston.

El jardín delantero era enorme y estaba repleto de invitados elegantemente vestidos que caminaban hacia la mansión, mientras una fila de exóticos automóviles permanecía estacionada a lo largo del camino empedrado.

Solo había visto la mansión de los Kingston en televisión, pero en persona era todavía más imponente. Aunque, la verdad, no me sorprendía. La familia Kingston era una de las más poderosas del país. Llevaban más de una década dominando el mundo empresarial con un éxito abrumador. Una propiedad tan enorme era el reflejo perfecto del poder que ostentaban.

Henry por fin encontró un lugar donde estacionar y apagó el motor. Bajó del auto y yo hice lo mismo.

Al entrar en la mansión, me invadió una sensación de asombro ante la inmensidad del lugar. Sin pensarlo, busqué la mano de Henry.

Él me miró con un ligero ceño fruncido, preguntándome en silencio por qué lo había tomado de la mano de repente.

—Es enorme este lugar —dije.

Me sentí aliviada de que no apartara la mano. Solo dejó escapar un suspiro de resignación y siguió caminando.

—¡Henry!

Una voz nos llamó desde atrás.

Henry se dio la vuelta y, en cuanto vio a Caroline, su rostro se iluminó con una sonrisa.

Ella llegó hasta nosotros y lo abrazó, haciéndome sentir completamente invisible, aun cuando yo seguía sujetando la mano de mi esposo.

—¡Te ves espectacular! —le dijo Henry a Caroline, provocando que algo punzante me atravesara el pecho.

Así que sí era capaz de hacer cumplidos… pero ni siquiera había sido capaz de dedicarme una mirada mientras me maquillaba.

—¡Gracias! —Caroline se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja mientras batía las pestañas con coquetería—. Tú tampoco te ves nada mal. Sigues teniendo ese encanto.

Sonrió dulcemente y Henry soltó una carcajada.

—Bueno, supongo que sí.

—Créeme, lo tienes. Y…

—Hola, Caroline —la interrumpí, incapaz de seguir soportando aquel coqueteo tan descarado.

Forcé una sonrisa.

—Ay, Emily… —fingió sorprenderse, aunque su actuación fue poco convincente—. No sabía que eras tú la que estaba ahí.

Le lanzó una mirada a Henry antes de añadir:

—Henry no me comentó que también vendrías a la fiesta.

La sonrisa de Caroline se congeló por una fracción de segundo cuando su mirada descendió hasta mi vientre de embarazada. Enseguida volvió a sonreír con exageración.

—Qué vergüenza… Pensé que quien estaba ahí era el tío Felix. Es que él también tiene una barriga bastante grande.

Se echó a reír como si hubiera dicho algo realmente gracioso.

Lo que más me dolió fue ver a Henry sonriendo también, encontrándole gracia al comentario.

—No lo tomes a mal, Em.

Me burlé para mis adentros mientras apretaba con fuerza el bolso de mano.

—¿De verdad? —pregunté, obligándome a mantener la calma—. ¿No dijeron tus médicos que ya estabas completamente bien? Yo te recomendaría visitar a un oftalmólogo para asegurarte de que todo está en orden, porque, al parecer, ya no puedes distinguir a un hombre de una mujer…

—¡Basta, Emily! —espetó Henry.

Abrí la boca para responderle. Quería preguntarle si acaso no había escuchado el insulto que ella acababa de lanzarme.

—¡Ni una palabra más! —me interrumpió de inmediato. Su voz estaba cargada de advertencia y de una frialdad que me heló el corazón—. O te mando de vuelta a casa.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP