El trinar de las aves: Tercera parte.
A veces, mientras el viento agitaba las copas de los árboles y el murmullo del bosque lo envolvía, Áster se perdía en pensamientos que lo sumergían en una melancolía dolorosa. Se sentaba en silencio junto a un roble viejo, su cuerpo acurrucado en un rincón donde el sol apenas llegaba, y cerraba los ojos, permitiéndose, solo por un instante, soñar con lo que pudo haber sido. En esas fantasías fugaces, veía a Lucía junto a él, ambos sonriendo con la calidez de una vida compartida. La imaginaba ri