—Vos seguís siendo mi esposa.
Eva sintió asco cuando Hernán se le tiró encima y la besó. Sintió unas ganas locas de vomitar.
El asco era tan profundo, seco, que le subió desde el estómago hasta la garganta.
—No soy tu esposa.
—Lo fuiste y lo volverás a ser.
—No me beses, asqueroso.
—Yo te voy a enseñar lo que es respeto. A mí no me vas a echar. A mí nadie me deja.
—Yo sí te dejé y dejé de seguir siendo ciega.
La mano de él bajó hacia su ropa.
Eva reaccionó con todo el cuerpo.
—¡No me toques!
El