Adeline y Jason seguían envueltos en los brazos del otro. El calor de su abrazo era tan reconfortante que Adeline no quería soltarse.
Poco a poco, se separó y volvió a alzar la mirada hacia el rostro de su esposo.
—Jason… ¿sabes algo? Ayer, cuando todavía no despertabas… estaba aterrada. Pensé que ibas a dejarme. Tenía muchísimo miedo —dijo en voz baja, con un temblor cargado de inocencia y vulnerabilidad.
Jason le dedicó una sonrisa suave.
—No tienes que tener miedo. Nunca te dejaré —respondió