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El sol de la mañana brillaba cálido, derramando sus rayos dorados sobre la tierra.
Una suave brisa jugaba con el largo cabello suelto de Isabella, moviéndolo con delicadeza hasta que ella se acomodó los mechones detrás de la oreja.

Caminaban lado a lado, y Miguel no podía dejar de mirarla de reojo.

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