Isabella permaneció sentada en la cama, demasiado perezosa para levantarse. Después de un momento, volvió a recostarse, pero al final se obligó a ponerse de pie. Mientras se recogía el cabello y vagaba sin rumbo por la habitación, chocó por accidente con Max, que acababa de salir del baño.
Por segunda vez, Isabella se encontró cara a cara con su pecho desnudo. Su rostro se puso rojo como un tomate y dio media vuelta enseguida, negándose a mirarlo.
—¡Ponte la camisa de una vez! De verdad debería