Punto de vista de Sofía
Casi había terminado la fruta de mi plato, saboreando la riqueza mantecosa de los huevos revueltos cuando una sensación inquietante retorció mi estómago. La aguda molestia me tomó por sorpresa, pero la ignoré, suponiendo que era solo una indigestión.
Sin embargo, la sensación se intensificó, convirtiéndose en un remolino nauseabundo que hizo que mi piel se volviera húmeda. Un sabor amargo invadió mi boca mientras la bilis subía por mi garganta. El pánico se apoderó de mí, y por instinto me tapé la boca con una mano, levantándome bruscamente de mi asiento.
—¿Sofía? —la voz de Esperanza estaba teñida de preocupación.
—¿Estás bien? —preguntó Alejandro, levantándose de su silla, con los ojos abiertos de preocupación.
No pude responder. Corrí hacia el baño con pasos inestables. Las voces que me llamaban se desvanecieron mientras mi atención se centraba en una sola cosa: llegar al lavabo o al inodoro antes de perder el control.
Apenas llegué a tiempo, derrumbándome de