Punto de vista de Sofía
Empujé la pesada puerta de roble de la sala de juntas, con una sonrisa educada dibujada en mi rostro.
—Buenos días a todos —dije, con voz animada y profesional—. Disculpen la espera.
Mi mirada recorrió al grupo de cinco hombres ya sentados alrededor de la gran mesa de caoba. Todos vestían impecablemente, con trajes a medida perfectos y expresiones que mezclaban anticipación e impaciencia. Un hombre alto y bien formado, de cabello oscuro y penetrantes ojos azules, estaba de pie dándome la espalda, absorto en una llamada telefónica. Me acerqué y esperé pacientemente a que terminara, mientras mi mente repasaba los detalles de la propuesta y los puntos clave que necesitaba enfatizar.
Terminó la llamada con un breve gesto y se giró para mirarme. Nuestros ojos se encontraron, y sentí una sacudida de... reconocimiento. Había algo familiar en él, algo en la manera en que sus ojos sostenían los míos, algo en la forma de su mandíbula, en su manera de comportarse. Pero no