Punto de vista de Adrián
Sus ojos se abrieron de golpe, el sueño desapareció al instante, reemplazado por una mirada que podría haber congelado el fuego. Se incorporó, sus movimientos rígidos, su expresión una mezcla de ira y resentimiento.
—No vuelvas a hacer eso nunca —dijo, con voz baja y peligrosa. Se puso de pie, con la espalda rígida, y se dirigió hacia la puerta, como si quisiera escapar de mi presencia.
—No tan rápido, Sofía —dije con voz dura, agarrando su brazo y atrayéndola hacia mí—. Es hora de cumplir con tus deberes. Como mi esposa. Y mi puta.
Sus ojos destellaron, pero no se resistió cuando la acerqué más.
—Quítame los zapatos —ordené, mi voz sin dejar espacio para discusiones.
Su mandíbula se tensó, sus fosas nasales se dilataron, pero no habló. Sin decir palabra, se arrodilló, sus movimientos precisos, y comenzó a desatar mis zapatos. La observé, con una sonrisa burlona en mis labios. La dinámica de poder era embriagadora.
—Ahora —dije, mi voz impregnada de autoridad—,