—Era justo lo que me faltaba… —disparó Constança, nerviosa. —¿Acaso también te hirieron la cabeza? ¿Desde cuándo empezaste a defender a esa zorra?
Renato cerró la expresión de inmediato.
Al darse cuenta de que su madre no le daría tregua, no tuvo otra opción. Simplemente se giró hacia Sara.
—¿Podrías dejarnos un momento a solas? —pidió, con educación.
—Claro —respondió Sara, mordiéndose los labios, sintiendo el rostro arder de vergüenza por las cosas que había oído sobre sí misma.
Renato sabía