Antes de que los primeros rayos de sol aparecieran sobre la ciudad de Toronto, Renato ya estaba de pie. A pesar del cansancio, no había logrado dormir. Los pensamientos no lo dejaron en paz ni por un segundo.
La preocupación por Sara y por todo lo que había ocurrido aquel día parecía martillar su cabeza sin parar. De vez en cuando se levantaba del sofá, caminaba hasta la cama y, en silencio, la observaba, solo para asegurarse de que estaba bien. Incluso llegó a tocar suavemente su frente alguna