Odete abrió los ojos de par en par al oír lo que la mujer acababa de decir y quedó paralizada por algunos segundos, mirándome como si esperara que yo reaccionara. Pero no dije nada. Al fin y al cabo, ¿qué podía decir?
Ni yo misma sabía qué estaba haciendo en esa casa.
—¿Qué estás esperando? —gritó Constança al ver que Odete no se movía.
—Voy ahora mismo, señora —respondió ella, saliendo del cuarto.
Apresurada, Odete cruzó el pasillo en dirección a la lavandería de los empleados. Pero antes de p