Allí estaba él. Con su metro noventa y tres de altura, luciendo tan destrozado como yo. Nuestras miradas se encuentran, y él me mira y se encoge de hombros antes de entrar y tirar de mí hacia sus brazos, enterrando su cara en mi cuello. “No puedo respirar. Siento que todo se cierra a mi alrededor”, él llora. “¿Puedo quedarme contigo esta noche?”. Miro a Aimee, que se pone la mano sobre el pecho, con los ojos llenos de lágrimas.
“Por supuesto”, susurro, envolviendo mis brazos en su cuello y él m