—¡Mamá, papá! —La voz de Camila Montalvo resonó como un trueno en la estancia, irrumpiendo en la calma superficial que reinaba en la mansión.
La joven, con el rostro encendido por la agitación, llevaba un periódico en las manos. Su andar apresurado dejaba traslucir la gravedad del asunto. Sin mediar más palabras, se acercó a su padre, Marcelo Montalvo, y le extendió el periódico.
—¿Qué pasa, hija? ¿Por qué tanto alboroto? —inquirió Verónica desde su lugar, estaba acomodada con las piernas cruza