Justo cuando Elena creía que todo estaba perdido, sintió un cambio en el aire. El peso del hombre sobre su cuerpo desapareció abruptamente, como si hubiera sido arrancado de ella. Sin atreverse a abrir los ojos, su cuerpo permaneció tenso, inmóvil, pero su respiración agitada la traicionaba.
Cuando sus ojos finalmente se atrevieron a abrirse, la imagen frente a ella la congeló: Giovanni estaba sobre el atacante, golpeándolo con una furia salvaje, cada puñetazo cayendo con precisión brutal.
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