Cuando los invitados se fueron, Giovanni había regresado a su despacho. Ya era casi medianoche, cuando tomó asiento en su escritorio.
Horas más tarde, una sirvienta tocó la puerta para traerle una nueva taza de café. Giovanni apenas levantó la vista del documento que revisaba.
—¿Sirvieron la cena? —preguntó, sin detener su lectura.
—No, señor. Usted no informó que cenaría —dijo la sirvienta, con la cabeza gacha.
—¿Y mi esposa?
—No ha cenado, señor. Dijo que no tenía hambre.
Giovanni frunció el