CAPÍTULO — La propuesta indecente
Gabriel llegó a la mansión Ortega con la sensación incómoda de estar entrando en una casa que ya no le pertenecía, aunque llevara su apellido grabado como un karma, y aun así supiera que no podía darse el lujo de entrar como hijo, sino como testigo, porque al cabo de los años descubrió que no solo a los Fontes su padre había estafado: había muchos empresarios que no quieren a los Ortega, y Gabriel carga con ese apellido como una piedra en su mochila lastimando su espalda, como si cada paso dentro de esa casa le recordara el precio de llamarse así. Apenas cruzó la puerta, la escenografía se activó.
La mesa estaba puesta con una prolijidad impecable, los cubiertos alineados como soldados y las copas brillando bajo una luz que no buscaba calidez, sino control, y ese detalle —la perfección— le resultó frío, porque en esa mansión todo estaba calculado para que uno se sintiera pequeño si no obedecía.
Fiona sonrió apenas lo vio entrar.
Gonzalo levantó