CAPÍTULO — El primer destello
La mañana llegó sin avisar, igual que la noche anterior, sin una luz clara que marcara la diferencia entre las horas, como si el tiempo hubiera decidido avanzar a tientas junto con Carolina, acompañándola en esa oscuridad que ya no distinguía amaneceres ni finales.
Betina no había venido al hospital. Carolina había llamado a Ignacio y le pidió que se quedara a dormir allí, que descansara bien, porque esa noche ella decidió algo distinto: hizo quedarse a su ex esposo, Mauro, sentado en una silla de plástico al lado de su cama.
Lo hizo adrede.
Quería que viera, que sintiera en el cuerpo lo que ella había hecho por él durante años en todos los sentidos, mientras él nunca había sido capaz de sostenerla ni una sola noche como correspondía. Lo escuchaba quejarse desde la silla incómoda, levantarse una y otra vez, salir al pasillo, volver con café, moverse sin parar, molesto, cansado, fastidiado.
Carolina, en cambio, como ya venía durmiendo de a ratos desd