Capítulo — El apellido que quema
La noche pasó demasiado rápido.
La mañana llegó sin aviso.
No hubo presagio, ni silencio extraño, ni esa intuición que a veces advierte cuando algo está por hacerse añicos. El día amaneció igual que cualquier otro, con la casa todavía quieta y el aire tibio colándose por las ventanas entreabiertas, como si la noche anterior no hubiera dejado cicatrices en sus cuerpos… cicatrices invisibles, marcadas por los besos que se dieron, por la entrega que compartieron,