CAPÍTULO 43 — El apellido que quema
La noche pasó demasiado rápido para ellos, y la mañana llegó sin aviso.
El día amaneció igual que cualquier otro, con la casa todavía quieta y el aire tibio colándose por las ventanas entreabiertas, como si la noche anterior no hubiera dejado cicatrices en sus cuerpos… cicatrices invisibles, marcadas por los besos que se dieron, por la entrega que compartieron, por ese amor que habían elegido vivir sin la luz de testigo… a oscuras.
No hubo presagio, ni esa