CAPÍTULO — Entre Mentiras y Emergencias
El viaje al sanatorio fue un silencio tenso, punzante, casi insoportable. Carolina apretaba el celular entre las manos como si pudiera arrancarle una explicación más clara de lo que acababa de escuchar. Gabriel conducía rápido, pero con esa precisión controlada que solo tienen quienes están asustados, aunque se niegan a fallar.
Cuando llegaron, la entrada estaba llena de movimiento: enfermeros que iban y venían, administrativos revisando carpetas, familiares con los nervios rotos. Pero nada, absolutamente nada, la preparó para lo que vio apenas cruzó la puerta.
—¡Carolina! —la voz quebrada y aguda de Rosa, tía de Carolina y madre de Martín, estalló en la sala como un trueno.
Rosa estaba desencajada: ojos inflamados, pelo revuelto, manos temblorosas. Apenas la vio, avanzó hacia ella con la desesperación de una tormenta mal contenida.
—¿Cómo te atreviste a venir? —soltó, tan fuerte que varias personas se giraron a mirar.
—Tía… ¿qué decís? —Ca