CAPÍTULO — No doy segundas oportunidades
El murmullo del juzgado era constante, bajo, casi respetuoso, como si incluso el aire supiera que ese día no era uno más. Lourdes estaba de pie junto a la puerta de la sala, con la carpeta cerrada contra el pecho. No le temblaban las manos, pero sí sentía ese peso particular que aparece cuando la verdad está a punto de decirse en voz alta y ya no hay marcha atrás.
Ignacio Vera se le acercó despacio. Caminaba con cuidado, todavía recuperándose, pero con