Contemplé a Luna, que seguía colgada y luchando por el dolor de las cadenas. Yo me hallaba en el suelo, aunque no con más dignidad. Pero mis suplicas por que la bajaran no sirvieron de nada en lo absoluto.
Antes de retirarse, el le quitó de los pies el calzado a Luna y se los llevó, saliendo del establecimiento con un buen humor notable.
—Veo que le gustaste, se ve que tienes algo que enloquece a los hombres. —dijo ella, con un hilo de voz a causa del sufrimiento de estar encadenada. —Te felici