Roma dejó escapar un grito desgarrador que resonó en el pequeño cuarto de la vieja granja.
Su teléfono, ahora en el suelo, mostraba una pantalla rota, reflejo de la tormenta que se desataba en su interior.
Hundió los puños contra el suelo de madera con una fuerza desesperada, como si con cada golpe intentara liberar la furia y la tristeza que la consumían. Las lágrimas caían con violencia, ardiendo en sus mejillas, mezclando dolor y rabia.
—¡¿Cómo pueden decir eso?! —sollozó, con la voz quebrada