Kristal descendió del escalón con una rabia apenas contenida, sus ojos llameaban mientras avanzaba hacia Roma, quien permanecía erguida, serena, y con una sonrisa casi burlona en los labios.
Alonzo, incapaz de controlar su ira, apretó los puños y cruzó la distancia entre ellos en dos pasos, agarrándola del brazo con brusquedad.
—¡¿Cómo te atreves a aparecer aquí?! —su voz era una mezcla de furia y desprecio—. ¡Eres una descarada! Lárgate ahora mismo antes de que haga que te echen a la fuerza. Si