Giancarlo llegó a la comisaría con una determinación helada.
Las pruebas estaban en sus manos, y aunque su rostro permanecía impasible, su interior hervía con una furia contenida.
La mujer que había causado tanto daño a su familia debía pagar, y él no descansaría hasta que lo hiciera.
Su único pensamiento era verla allí, frente a él, para que entendiera el precio de sus acciones.
Cuando lo dejaron entrar a la sala de visitas, el aire estaba cargado de tensión.
La puerta se cerró detrás de él con