— ¿Por qué me cuentas esto? ¿No se supone que son asuntos de negocios en los yo no tengo nada que ver?— Susurró ella.
— Oh, amore. Pero resulta que no quieroalos entendidos entre nosotros, cuando me encuebtee al tal Paolo, lo llenaré de plomo. Y no quiero que creas que lo hago por celos, porque siento algo por tu hermana o por cualquier otra tontería.
Sandro se levantó de su silla, se acercó a ella y la subió a mesa.
— ¿Qué haces?, yo...
— Shhh. No protestes. No tengo hambre de comida pero de