Cuando el teléfono de Oliver volvió a sonar, la respuesta del hombre ya estaba perfectamente planificada en su mente.
—¡Tengo el dinero! —fue lo que contestó a sus extorsionadores.
Rápidamente, acordaron una dirección para la entrega y entonces la advertencia no tardó en llegar a sus oídos.
—Nada de policías ni de querer hacerte el listo —ordenó con firmeza aquella voz distorsionada.
—De acuerdo.
Oliver colgó la llamada y miró a su madre. Ambos compartieron una mirada de complicidad, la cual