Esa misma tarde, un par de hombres aparecieron en compañía de una mujer de expresión severa.
—Levántese —le ordenaron.
Anastasia no entendía lo que estaba sucediendo. ¿A dónde la llevarían estas personas?
—¿Qué pasa? ¿A dónde me llevan? —pidió explicaciones cuando la alzaron sin mucha delicadeza.
—Primero debe darse un baño. Apesta —señaló la mujer con molestia.
—¡¿Un baño para qué?! ¡¿Qué me piensan hacer?!
El miedo se apoderó de ella; no se suponía que esto estuviera sucediendo. Es decir, sab