Eran las once de la mañana cuando Adhara recibió la noticia de que Oliver acababa de desmayarse en su oficina. Al inicio se quedó mirando a la secretaria sin expresión, perpleja, mientras las piezas de aquel rompecabezas comenzaban a unirse en su cabeza. De repente, lo recordó: el desayuno.
—Oh, no —expresó temerosa de que pudiera morirse.
Caminando por los pasillos que conducían a la oficina de Oliver, no dejaba de pensar en como pudo haber sido tan tonto. ¿Realmente era tan torpe como para co