Enrique entró a ese lugar, el calor que comenzaba a sentirse era casi insoportable, parecía un infierno.
—¡Amaranta! —gritó con fuerza y desesperación.
No la encontraba por ningún lado, hasta que la vio en un rincón.
—¡Enrique! —ella tosía, un humo denso estaba cubriendo el lugar, y le impedía ver, pero Enrique no se rindió, corrió hacia ella, la cargó a sus brazos, y la cubrió con su chaqueta, como si intentara que ella no respirara ese humo—. ¡Tengo miedo…! —exclamó y de pronto la mujer se d