Los ojos de Jorge miraron con furia a su padre, si bien, desde hacía tiempo la relación entre los dos estaba fracturada, parecía que aquel golpe había conseguido separarlos para siempre.
Jorge esbozó una sonrisa irónica.
—Está bien, Jerónimo Santalla, este juego lo hiciste por tu ego de vernos pelear como perros por un hueso, pues no seguiré en èl, quédate con tu herencia, y el día que te mueras, dásela a tu bastardito; yo no quiero nada de ti, menos mi hijo, al que nunca conocerás, tenlo por se