Mi estómago se retorcía dolorosamente mientras los gases seguían acumulándose, haciendo que las náuseas fueran aún peores. Miré a Nina, cuya expresión parecía ensombrecerse con cada segundo que pasaba.
—La única solución es que nos vayamos. —Nina se recostó en el respaldo de la silla y cruzó los brazos—. No me importa si tengo que renunciar a mi trabajo. Mientras tú estés a salvo.
—No llegues tan lejos. Puedo volver a casa.
—¡De ninguna manera! ¡Y menos si le dices a Xavier quién eres en realid