—Sí, Leandro, si hubiera sabido las consecuencias, definitivamente no habría salvado a Dalila en ese entonces —dijo Julieta.
Julieta intentó suprimir el calor de su cuerpo, pero mientras el tiempo pasaba, su autocontrol se diluía más y más.
Sus mejillas enrojecieron y frunció el ceño con enojo. Se quitó la chaqueta de Leandro con la que estaba cubierta y luego la blusa que tenía puesta.
“Julieta, ¡ahora sí que pareces una ramera!”, pensó ella.
Seguidamente Julieta se abalanzó sobre Leandro para