Julieta se incorporó de la cama, con los ojos hundidos, mientras gritaba:
—¡Dalila, no hagas nada!
Desde el otro lado del teléfono se escuchó la engreída voz de Dalila.
—Julieta, sé que llevas dos días buscando a don Camilo y, la verdad, me sorprende que hayas llamado a la policía. Te voy a dar esta única oportunidad. Si fallas, ¡solo podrás recoger su cadáver!
Julieta apretó los dientes y trató de calmarse.
—Está bien, dilo ya.
—Nos vemos en Villa del Oeste a las siete de la tarde —luego Dalil