—No me acosté con Dalila. ¿Me crees?
Su voz en realidad tenía un dejo de súplica, como si fuera él quien amara hasta la humildad.
Julieta lo apartó y le dijo con voz fría:
—Leandro, ¿hasta cuándo vas a actuar? Cuando estás borracho, vienes corriendo conmigo, cuando estás sobrio, subes a la cama de Dalila y hablas de que me quieres muerta. No te entiendo y no quiero entenderte. Déjame en paz.
—¿Por qué no me crees?
Apoyándose, Leandro extendió la mano y le acarició suavemente el rostro. Sus ojos