—¡Habla! —exigió Leandro.
Alargó la mano y levantó a Vicente del suelo. Lo miró furiosamente mientras le preguntaba:
—¿Quién te ordenó hacerle daño a mi esposa?
En ese momento, el rostro de Vicente había sido golpeado tanto que era una masa ensangrentada. No se parecía en nada a ningún patriarca de familia acomodada. Suplicó con voz sollozante:
—Señor Cisneros, por favor, no me mate.
Leandro rio fríamente, aflojó el puño y le pisó el abdomen con una fuerza ligeramente incrementada. Vicente escup