Vanessa se quedó sola en su oficina después de que Agustín salió.
La puerta quedó cerrada.
Durante varios segundos no se movió. Tenía las manos apoyadas sobre el escritorio, los dedos todavía tensos, como si siguiera sosteniendo el bolígrafo con el que había firmado el divorcio.
Lo había firmado.
Agustín Leone ya no era solo el hombre que quería dejarla.
Ahora era el hombre que tenía papeles.
Y eso la hizo sentir desnuda de una forma que no esperaba.
No era tristeza.
Era miedo.