El descorrido del velo de su propia máscara propagó en el acto una oleada de pánico instantáneo por la totalidad de la anatomía de Elena.
La anciana, que ordinariamente se exhibía distinguida, apacible y colmada de cálculo, perdió de imprevisto el control de su respetabilidad.
Sus facciones palidecieron y sus pupilas se agitaron con zozobra, esmerándose en hallar un resquicio para estructurar una nueva falsedad con el fin de salvaguardar su posición.
—Ah… y-yo recién me entero, Erick; así es…