—¡Señorita Mary, no nos queda mucho tiempo!
Aquella voz grave resonó de imprevisto en la habitación. Matthew apareció de golpe detrás de la puerta, sobresaltando a Mary, quien continuaba sentada y sin fuerzas sobre el suelo de baldosas.
El rostro de Mary era un caos, cubierto por las manchas de la máscara de pestañas que se había corrido a causa de un llanto que parecía no tener fin.
—¿Matthew…? —pronunció con una voz sumamente débil y ronca. Sentía la garganta completamente cerrada.
—¡Tenemos