Aquella frase golpeó a Davin como una pelota lanzada directa al rostro de un boxeador que se prepara para atacar. Toda su línea de pensamiento, que antes lo llevaba hacia la pregunta sobre el sofá y los niños, se interrumpió de inmediato, como si alguien hubiera desenchufado un aparato electrónico en funcionamiento.
Los ojos de Davin, antes entrecerrados y llenos de sospecha, cambiaron de inmediato. Sus pupilas se dilataron ligeramente. Los músculos de su mandíbula, antes tensos, se relajaron.