Pasaron las horas y decido salir del tocador, para llevarme la enorme sorpresa de que él sigue ahí, por minutos y horas pensé que se había ido.
—Dijiste que me dejarías en paz.
No puedo evitarlo, verlo a los ojos, parpadeo un par de veces y me relajo porque él se ha quedado, ¿será que de verdad me quiere? ¿Por qué me persigue esta forma? Mierda, él no se pudo ir porque ni con su cuerpo mismo puede lidiar.
—Perdón, no puedo hacerlo.
¿Qué? Maldición, no puedo permitir que no me valore, ¡por Dios!