Kesha abre la puerta de la cueva de Sasha con una sonrisa traviesa en el rostro. El sol ya está alto en el cielo, y sabe que Sasha necesita un pequeño empujón para empezar el día.
— ¡Ya es hora de despertar, Bella Durmiente! — exclama Kesha con entusiasmo. — Si tardas dos minutos más, te quedarás sin desayuno.
Sasha, aún envuelta en las mantas, se revuelve en la cama y suelta un gemido de dolor, su rostro contrayéndose por la incomodidad. Kesha frunce el ceño, preocupada, cuando un olor metálic