OLIVER DRAKE
Entré a la oficina con una sonrisa tonta que ni el filtro más cruel del café de William podía borrar.
Me sentía liviano. Como si caminar ya no requiriera tanto esfuerzo. Como si besar a Tiffany Gardner hubiera sido la tecla que me reiniciaba el alma. Nos besamos el sábado y pasamos todo el día de ayer juntos, fue el mejor domingo de mi vida.
Y ahí estaba él.
Ethan.
Con la misma maldita sonrisa que yo.
—Buenos días —solté, mientras dejaba mi mochila en la silla.
Ethan alzó una ceja.