Aidan primero había sentido malestar, mucho malestar, dolor de cabeza, demasiado para ser soportado, y después todo se volvió caliente y rojo. Ante sus ojos solo había flamas, grande y agresivas que lo aterraban. No podía dejar de temblar.
Las voces en su cabeza ahora eran gritos que se entrelazaban a punto de volverlo loco, podía sentir el dolor de los demás desplazándose hacia él. Y aquel calor abrazador de que cierta forma era acogedor, a su alrededor. Otro grito brotó de su boca aguantándos